Tuesday, December 23, 2025

La fiebre no está en el SENASA


Por: Tony Raful hijo

Hace unos años me conmovió una serie de televisión llamada Evil. En ella se presenta el mundo como un lugar donde coexistimos con demonios, los cuales aunque invisibles, ejercen una marcada influencia sobre las personas. Estos entes se fortalecen cuando uno se aleja de su centro moral, y se debilitan cuando retomamos el camino ético.

Los monstruos son especializados, cada uno encargado de corromper un aspecto concreto de la sociedad; un demonio de la lujuria, otro de la avaricia económica, de la idolatría, de la violencia... hasta de la adicción digital y la tecnología.

No quisiera atribuir a lo sobrenatural las causas de los problemas humanos. Sin embargo, con esta serie, la narrativa religiosa me parece que acierta. ¿Por qué? Porque, creamos o no en ellos, la analogía de que hay algo a lo que vas dando fuerza, que se alimenta con tu aporte... realmente podría ser útil verlo como un demonio. Y la única forma de reducirlo y volver a tu centro moral sería que un “cable a tierra” te rescate, o el conocido, pero doloroso, "déjalo que se estrelle".

Pues bien, en el SENASA se estrellaron. Pocos entienden cómo personas con prestigio se jugaron tanto de esta manera. Algunos pueden que hayan perdido su centro hace años; otros, que nunca lo desarrollaron y siempre disimularon.

La sociedad que habitamos es, cada vez más, permisiva al "tigueraje" que deviene en corrupción y suele hacer una crítica malsana a todo aquel que pase por "pendejo". Siempre tengo presente una frase del escritor Luis Aceituno que decía: "Parecería que todo está perdonado mientras produzca progreso económico". 

Lo peor es que estamos viendo, que el más reciente y sensible de todos los escándalos de corrupción no se detuvo en la arena política ni en el empresariado convencional. Corrió hacia los centros hospitalarios, médicos, personal administrativo, técnicos… un universo de actores tan disímiles, que demuestra la fuerza y la penetración que han alcanzado algunos "demonios" en nuestra sociedad.

Escuchar una doctrina más sencilla, otra forma de ver la vida menos consumista, no parece tener lugar en la narrativa dominante de la política, del empresariado ni de la calle. Y una sociedad de traiciones, en un constante “joseo” o “búsqueda” sin principios, no construye ataduras. Dice el escritor Alejandro Dolina que:

"Ahora flotan en el aire unas ideas mucho más individualistas y que tienen que ver con una moral burguesa donde el máximo valor es la prosperidad: si sos próspero, todo está bien. Distinta es la moral heroica, donde si eres valiente todo está bien, y distinta es la moral de lo empático, del amor, donde todo no puedes estar bien si el otro no lo está. Donde no existe poesía hasta que no la lea el otro y donde no existe felicidad hasta que todos no sean un poco felices".

Frente a este individualismo que nos desgarra, el antídoto más poderoso es la comunidad.  Malcolm Gladwell narra en Outliers el caso de Roseto, Pennsylvania, una comunidad de inmigrantes italianos que, a finales de los años 1950, presentaba índices de salud excepcionales, especialmente en enfermedades cardíacas. Tras descartar dieta, genes y ambiente, los investigadores hallaron la causa en su estructura social.

En Roseto vivían en hogares multigeneracionales, se visitaban constantemente, conversaban en las calles y participaban en numerosas organizaciones sociales y religiosas. No había ricos que envidiar, ni pobres a menospreciar. Este tejido solidario era una defensa contra el estrés de la vida diaria, pues era difícil sentirse solo. A medida que las nuevas generaciones, cuenta Gladwell, se integraron a la cultura individualista de EEUU todo cambió y los índices de enfermedad se igualaron al resto del país.  

De Roseto tenemos que aprender que ni siquiera la salud o la longevidad dependen exclusivamente de meros esfuerzos individuales. De que lo que nos protege de devorarnos los unos a los otros debe hallarse en ese tejido social.  

Lamentablemente, ante la distancia, el individualismo y la desigualdad no podemos refundar Roseto. Y las fuerzas que hoy operan a escala sistémica y que afectaron al SENASA prueban la fragilidad de ese tejido.

Sin embargo, necesitamos una comunidad inteligente, ofensiva y vigilante que exija desactivar los incentivos que la corrompen. Nuestro sistema inmune, si se basa en valores individuales, está comprometido… Una sociedad cuyos médicos dan la cara a los enfermos y aun así fraudulentan no se sana con sentencias.

La fiebre no está en el SENASA, es un síntoma de un cuerpo social con las defensas bajas. Hay que atacar las fuerzas sistémicas que lo debilitan: la impunidad, la opacidad electoral, la connivencia el entre poder político y económico, la avaricia…

Pero también, en el caso especial de SENASA, hay que ejercer una crítica hacia el sistema de financiamiento político. El sistema electoral resulta muy costoso para los aspirantes. Esto deviene en actores políticos comprometidos con intereses distintos a la comunidad y a lo social. Ofreciendo a la ciudadanía más variedad de modelos Rolex que de asistencia o salud servida.

Es así como la crítica a la corrupción debe ser también preventiva, pasar por fortalecer los controles de gastos y las instituciones que lo fiscalizan. Pues si atacamos una cosa y no la otra, el resultado será exiguo. En un país de tentaciones sistémicas, solo un sistema de incentivos correctos puede proteger y nutrir ese centro moral, solidario y justo.

Porque nunca veremos a los demonios con cuernos, tenemos que vernos reflejados en los acusados que se dejaron arrastrar hasta convertirse en ellos, sin saber hoy cómo y dónde dejaron hace años su centro.

La tarea es entonces recuperar las instituciones, ejecutar las condenas necesarias, fortalecer las regulaciones y, al mismo tiempo, ver en la caída de estos hombres, nuestra potencial caída y comprender cómo aplicar el justo refreno. De lo contrario, si no actuamos en consecuencia, los demonios solo tendrán que regresar a buscar alimento en incumbentes nuevos.

El rebranding de Bad Bunny: ¿penitencia, mercado o madurez artística?

 “Quieren quitarme el río y también la playa / Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya/ No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai / Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái” B.B.

Dejando un poco atrás el perreo y la promiscuidad, Bad Bunny emerge ahora como símbolo de resistencia política y folklore caribeño. Este giro no solo es estético sino conceptual. Bad Bunny relanzando a Puerto Rico, Bad Bunny en el Super Bowl, Bad Bunny en Saturday Night Live, Bad Bunny como Quico el del Chavo… En fin, Bad Bunny, el nuevo líder espiritual latinoamericano.

 

Un reposicionamiento que nos lleva a preguntar: ¿estrategia de mercado, madurez artística o purga espiritual del individuo?

 

Estrategia de mercado

 

El argumento comercial puede que sea el más sólido. Agotado el boom del trap y el reggaetón, los consumidores exigen variedad y nuevas emociones. Bad Bunny ha basado su carrera en la fusión, mezclando desde el mambo dominicano hasta los norteños mexicanos, siempre innovando.

 

En esta ocasión el Conejo Malo le dedicó su último álbum a su isla: a la salsa, la nostalgia de la recesión económica, de los que se han ido, de lo que ha sido destruido por fenómenos naturales y sociales. El artista boricua se levanta ahora detrás de su himno: “Debí tirar más fotos de cuando te tuve”. Se trata de una nostalgia clara que conecta… porque, como dice Alejandro Dolina, “El buen arte es más hijo de lo que falta que de lo que sobra. El tango 'soy feliz con mi señora esposa' debe ser una porquería”.

 

Su reciente designación como artista del medio tiempo del Super Bowl 2025, el sacro evento deportivo estadounidense, le da plataforma global a su mensaje político. Actualmente el artista protesta contra las medidas migratorias de la administración Trump y dijo que no se presentaría en EE.UU. hasta que estas cambien.  

 

Este nuevo posicionamiento como símbolo de resistencia es, también, una marca increíblemente vendible. La elección para el Super Bowl de un artista abiertamente crítico con políticas estadounidenses no es ingenua: es la consagración del "rebelde con causa" en el altar de los spots comerciales. ¿Es esto evolución o la genialidad de un empresario con intuición y olfato?

 

Bad Bunny, quien demostró saber jugar al espectáculo durante su muy publicitada relación con una de las Kardashian (amorío percibido por muchos como un stunt publicitario) bien podría estar aplicando ese mismo libreto en su actual reinvención como ícono de conciencia social.

 

El artista que explora

 

Por otro lado, está el argumento artístico. Ahora que tiene la libertad de decir lo que quiere, que ha alcanzado un nivel de fama y dinero que le permite acceder a los mejores equipos y técnicos, el artista madura. Su evolución parecería ser orgánica. Sigue cantando su cancionero antiguo, no lo reniega, aunque haya cambios en su look y nuevo material.

 

Es decir, no renuncia del todo a las letras que lo hicieron famoso, manteniendo un equilibrio entre el perreo, el consumo de drogas, la sexualidad explícita y ahora una nueva conciencia social en crecimiento. Ampliación de la pista de baile junto con una progresiva disminución de la vulgaridad.

 

Todo parecería estar permitido en su amoralidad, para un artista que una vez declaró “Los jóvenes también quieren cualquier cosa que les divierta, como canciones de sexo, drogas o violencia”.

 

Y nosotros quizás no entendamos, porque como él canta, la realidad es que nosotros no sabremos “lo que es estar en altamar con dosciento’ cuero’, ni lo que es ‘tirar 500 mil en el putero’” y por eso nuestra opinión a él “le importa cero”.

 

La penitencia

 

La tercera hipótesis, que es de mi agrado, es la de la penitencia. Aunque el término penitencia no sea exacto, pues Bad Bunny no muestra una culpa por la cual se esté auto castigando o esté tratando de eliminar su pasado, traigo la idea de “penitencia” más bien para referirme el cambio de comportamiento que realiza para fines de “recomprar su alma”.

 

Varios artistas boricuas han seguido un camino similar: tras años de glorificar el exceso, buscaron recomprar su alma, usualmente a través de la devoción religiosa. Héctor el Father, Farruko y Daddy Yankee pueden dar testimonio; no se sienten a gusto a pesar de los bienes materiales alcanzados, parecen devorados por la conciencia. Algo más parecería ser necesario para satisfacerlos.

 

Bad Bunny no ha tomado ese camino explícitamente, pero su giro hacia la conciencia social parece una "recompra de su alma". En su caso, se trataría más bien de una expiación: un intento de reparar el daño causado y utilizar ahora su plataforma presente para una causa que considera más elevada (Puerto Rico, la migración, la cultura).

 

Los beneficios para Puerto Rico son evidentes. Su residencia titulada “No me quiero ir de aquí” fue un evento de afirmación cultural isleña. Con un impacto económico de $713 millones y 400.000 boletos vendidos, Bad Bunny demostró que su arte puede ser motor de reconstrucción de la misma tierra que canta en sus letras, y posiciona a Puerto Rico más allá del sexo y las drogas.

 

Pero cabe la pregunta: ¿qué peso tendría la irresponsabilidad histórica de sus inicios y que no reniega? La misma popularidad que hoy usa para enaltecer a Puerto Rico se construyó sobre la glorificación de la vulgaridad y el exceso que, sin duda, dejó una huella en el imaginario colectivo. ¿Puede un giro hacia la conciencia social lavar el daño cultural de haber sido parte de dinámicas tan crudas para millones de jóvenes?

 

¿Por qué Bad Bunny ahora siente que su música puede tener un impacto positivo en la vida social de Puerto Rico, en el ánimo de su gente, en la reconstrucción de su isla, en la influencia política migratoria…?, ¿Acaso ignoraba que siempre la tuvo?

 

¿Está el hombre-conejo tratando de conciliar una lucha interna entre el instinto y el espíritu?, ¿Se ha encontrado el “malo” con su conciencia después de vender durante años un hedonismo sin consecuencias?,  ¿es posible esta ‘expiación’ mientras canta aún a fumar blunts y a orgías en escena?, ¿Se trata de un diálogo del artista que madura con el opuesto que habita en sí?, ¿O estamos ante un recurso de marketing más de un mundo donde toda experiencia humana, hasta la expiación, ha sido reducida a una relación social entre mercancías?

 

Cualquiera que sea la hipótesis preferida, su viaje más que contradictorio parece un reflejo fiel de estos tiempos.  Y su evolución, cínica o genuina, resulta preferible a quedarse estancado en el instinto, en lo primario, en los miasmas. 

Wednesday, October 8, 2025

La decepción que llega con la no reelección

 “Los expresidentes son como grandes jarrones chinos en un apartamento pequeño, que todo el mundo sabe que tienen mucho valor, pero donde quiera que se ponen molestan”. Felipe Gonzalez, expresidente español.


Theodore Roosevelt y su Partido Republicano lo habían ganado todo en 1904. Su reelección fue un triunfo aplastante, una validación de su fuerza, carisma y visión. Tan grande era su influencia que, entre las críticas que enfrentaba, estaba la de que usaría su popularidad para perpetuarse en el poder. Para ese entonces, el presidente de EE.UU. no tenía límites para repostularse, aunque la costumbre era no hacerlo por más de dos periodos.


Al igual que Roosevelt, Luis Abinader ha hecho de la no repostulación a un tercer mandato un pilar central de su legado. Y luego de modificar la Constitución para hacer más difícil una tercera aspiración, el 27 de octubre de 2024 escribió: “Por primera vez en nuestra historia, un presidente limita su propio poder. Mi mandato termina el 16 de agosto de 2028. Nunca más”.


Es decir, ambos honrarían su promesa de decir no a un tercer mandato consecutivo. Al historiador británico George Trevelyan, el presidente Roosevelt le explicó que: “La utilidad de un hombre público en el cargo más alto se ve finalmente afectada por el simple hecho de permanecer demasiado tiempo en esa posición”.


Ambos presidentes fueron celebrados. Y al no ser sujeto de reelección, la decisión de Teddy Roosevelt acalló a muchos de sus críticos y enemigos. No obstante, con el tiempo, el gobernante llegaría a arrepentirse de renunciar a un tercer mandato consecutivo, confesándole a un amigo: “Estaría dispuesto a cortarme la mano a la altura de la muñeca si pudiera revertir la decisión”.


No obstante, el Partido Republicano retuvo la Casa Blanca en 1908 con William Taft, el heredero elegido personalmente por Roosevelt. Pero el idilio terminó rápido: el nuevo presidente tenía visiones distintas, y Roosevelt comprobó, con dolor, que el mundo seguía girando sin él.


Hace semanas, vimos cómo el presidente Abinader recriminaba a sus funcionarios con aspiraciones para el 2028: “Todo tiene un límite. Seguiremos gobernando para la gente, y por eso les digo a todos los precandidatos y a sus coordinadores: no están permitidos los actos proselitistas para funcionarios. Si quieren hacer campaña, deberán dejar sus cargos”.


Apenas finaliza el primer año del segundo mandato y los movimientos de precandidatos parecen empezar a girar al margen de su control. Mientras el poder resida en el presidente, será más fácil coordinar esas apetencias. Pero la historia de Teddy Roosevelt nos enseña que la naturaleza propia del poder no reconoce sacrificios democráticos, no perdona ausencias ni admite la superioridad moral como eje de la acción histórica.


Para 1912, Roosevelt cometió un error clásico: creyó que su partido lo esperaba con los brazos abiertos. En cambio, las primarias republicanas lo enfrentaron al presidente Taft... y perdió. Luego formaría su propio partido, el Partido Progresista de EE.UU., compitiendo contra Taft y el demócrata Woodrow Wilson en 1912. Tan grande era la popularidad de Teddy que, aun con un partido nuevo, alcanzó el segundo lugar nacional con un 27.4%, superando al incumbente presidente Taft (23.2%). La división republicana abriría paso al Partido Demócrata, que ganaría con un 41.8%.


El escenario en Dominicana apunta a una sucesión compleja, como en realidad todas lo son. Abinader ha dicho que “todo tiene un límite”, refiriéndose a que sus funcionarios no pierdan el enfoque entre aspiraciones y funciones públicas. Sin embargo, el límite también aplicará para la influencia política del propio Presidente, cuyo poder de contención se irá reduciendo con los años, y más con el próximo gobierno.


Allí los expresidentes se vuelven jarrones chinos, su poder se deshilacha, sus lealtades aminoran... Y, de un momento a otro, toca ver cómo hasta Kinito Mendez adapta tu jingle a un nuevo candidato y las multitudes le caen atrás coreando el nuevo estribillo.


El expresidente Jacobo Majluta le asignó una tarea a mi papá para cuando ganaran el poder en 1986. Recordarle de vez en cuando la famosa frase en latín “Memento Mori”, que quiere decir “Recuerdas que vas a morir”. Esto para evitar la divinización de su legado, poder o influencia presente. Quizás también para evitar caer en la decepción que consumió a Roosevelt años después de su salida, y que aguarda a todo gobernante que sobreestima su influencia futura. 


13 de agosto de 2025

Luego del Jet Set: ¿Qué se requiere de nosotros?

Luego del Jet Set: ¿Qué se requiere de nosotros?


Viudos, huérfanos, padres, amigos y conocidos en duelo. La tragedia del Jet Set nos golpeó con una crudeza inédita, amplificada por el ritmo de las redes sociales. Hace treinta años, las noticias llegaban en dosis puntuales: un informe en el noticiero, una columna en el periódico… Hoy, el minuto a minuto nos convierte en testigos involuntarios de un dolor que nos consume y no da tregua.


Por eso, incluso una semana después, la tristeza persiste. Porque no seríamos humanos si vemos a la hija de Rubby Pérez quebrarse cantando " Caminemos siempre juntos que a donde vaya te llevo, Si la vida nos separa, yo te juro y te prometo…”, y no quebrarnos un poco con ella también.


Dicen que la ira es una etapa del duelo. En mi caso, fue la primera. Todo me parecía tan previsible, tan evitable, que solo sentía rabia. Pero lo sucedido trasciende la emoción, puesto que una tragedia de esta magnitud no es normal.


En los últimos treinta años, salvo en Bangladesh, no se registra un colapso estructural de un edificio —fuera de guerras o catástrofes naturales— con mayores pérdidas humanas que este. En discotecas del mundo, las tragedias suelen ser por incendios; esta, sin fuego alguno, es la peor de su tipo.


Es decir, los cuerpos de emergencia, el INACIF, los rescatistas… no tenían por qué estar mejor preparados para manejar este nivel de calamidad en un solo sitio. No es normal. Es el más grande suceso no natural y no bélico en nuestra historia, y todo en un metraje muy limitado.


Muchos ayudaron sin pedir nada a cambio. Muchos también se quedaron sin saber cómo. En tiempos de algoritmos, incluso la solidaridad con hashtags o logos corporativos guardan valor. Pero la solidaridad no puede limitarse a la estética, el cambio para surgir debe venir del compromiso, la persistencia y en casos la incomodidad.


Por otro lado, todos intuimos donde estuvo el error. Los propietarios sobreestimaron la capacidad de aguante de sus estructuras y los reguladores no acudieron o peor aún dejaron pasar. Una cultura de negligencia que debe finalizar.


El análisis normativo revela que el país cuenta con regulaciones que bien pudieron evitar el suceso. Sin embargo, el sistema es débil en fiscalizar las construcciones y una vez erigidas, luce inexistente en el seguimiento y sus modificaciones.


Las inspecciones anuales realizadas, se remiten más a higiene e impuestos que a estructuras. Las leyes no parecen cumplirse sin inspecciones. Un modelo de sociedad basado en la confianza al empresariado, más que en la autoridad vigilante del Estado. En ese trajín, esperamos el buen manejo del propietario. De quien entendemos, nunca querrá ver su negocio en riesgo, ni a sus empleados, amigos o familiares morir.


Sin embargo, la mentalidad empresarial puede pecar de cortoplacista, extractiva, abusiva… priorizando la rentabilidad e ignorando los riesgos. Y el llamado “capitalismo de compadres” puede favorecer la cultura de negligencia e improvisación. Este no es más que aquel en el cual el éxito depende de las conexiones, de los favores, de los “chances”, no de las reglas. Aunque intuimos dónde falló el sistema, esperamos que las investigaciones revelen más detalles.


Pero cabe la pregunta, luego del Jet Set, qué se espera de nosotros?


Primero habría que definir quienes somos nosotros, porque no es cierto que los propietarios guardan la misma responsabilidad que la familia de un fenecido, que el político tiene la misma responsabilidad que el inspector, o que el futuro artista de un futuro constructor.


No obstante, la conclusión base es que los intereses comunes merecen más atención que los intereses personales. Tenemos que elevarnos a las circunstancias. No se trata solamente de juzgar a propietarios (que también…) Se trata de cambiar una cultura.


En otros países, tragedias como ésta derivan en leyes. Necesitamos una "Ley Jet Set", o al menos sus consecuencias. Que se cumpla el Reglamento para la Seguridad y Protección de Incendios, el de Inspección de Obras… que se otorguen sanciones a los incumplimientos en aglomeraciones masivas. Necesitamos una ciudadanía activa y organizada que frene la cultura de permisividad. Así como también mejorar los procesos burocráticos que impiden ser eficientes y cumplir con la norma.


Una vecina contó que denunció al Jet Set varias veces y le respondieron que era un lugar "Marca País". Y si esa es nuestra marca, sería revelador que el país no sea más que una fachada de fastuosidad, alegría y romo sobre estructuras frágiles.


Las responsabilidades bien vienen repartidas. Y a los propietarios, que perdieron su negocio familiar, amigos y empleados, les exhorto ponerse al servicio de la justicia. Como acto social, como parte de la sanación colectiva. No descansen en favores ni en retruécanos jurídicos, no siembren resentimiento. Nadie quiere ver quebrar su negocio, ni ver morir más de cientos de personas… pero pasó. Y el camino a la paz personal y social pasa por enfrentar las trágicas consecuencias.


La indiferencia no resultó ser una opción con la tragedia del Jet Set. La muerte no discriminó clases sociales ni popularidad. Se llevó mucha gente buena y sobre todo alegre… porque el que estaba dispuesto a ir al Jet Set un lunes a bailar con Rubby Perez, eso era para su familia y comunidad. Perdimos alegría en el país, porque eso también era ese sitio hasta el fatídico día.


Ahora toca transformarnos, desde el dolor a la responsabilidad. Asumir como sociedad que estamos dispuestos a prevenir, vigilar y apoyar a quienes lo hacen, porque cuidando a los demás también nos cuidamos nosotros.


16 de abril 2025

Demoledores de reputación

“Aquí hay demoledores de reputación: el dominicano goza con demoler la reputación, sobre todo con otra que se llama el “Buscagoterismo”. Le gusta buscarle gotera a la gente seria.” Bueyón


El Presidente se despertó un sábado cansado del “periodismo de investigación”. Los llamó revolvedores de basura: personas empeñadas en mirar hacia abajo, incapaces de levantar la vista hacia algo elevado. No defendió la suciedad, había que retirarla, pero advirtió:


 “El hombre que nunca hace otra cosa, que nunca piensa, habla o escribe salvo sobre sus hazañas con el rastrillo de estiércol, rápidamente deja de ser una ayuda para la sociedad, deja de ser un incentivo para el bien, y se convierte en una de las fuerzas más poderosas para el mal.”


Citó al “peregrino” de Bunyan, a quien en el libro se le ofrece una corona celestial a cambio de su rastrillo, pero que ni siquiera puede levantar la vista concentrado en la inmundicia, en lo vil y lo degradante.


Le dijo a todo el que quisiera escuchar: “El mentiroso no es en absoluto mejor que el ladrón, y si su mendacidad toma la forma de calumnia, puede ser incluso peor que la mayoría de los ladrones. Recompensar el engaño atacando falsamente a un hombre honesto, o incluso exagerando de manera histérica al atacar a un hombre malvado con falsedades, es sumamente perjudicial”.


No se quedó allí, también le habló a los mercenarios de la comunicación diciéndoles “El intento de obtener beneficios financieros o políticos a costa de destruir el carácter de una persona solo puede resultar en una calamidad pública.”


Sabía que lo malinterpretarían, así que lo aclaró: “Es fácil tergiversar lo que acabo de decir... Algunas personas son sinceramente incapaces de entender que denunciar la difamación no significa aprobar el encubrimiento, y tanto los individuos interesados en ser encubiertos como aquellos que practican la difamación fomentan esta confusión de ideas.”


Un editorial de la época respaldó su postura: esos “periodistas” sembraban "semillas de la anarquía". Saturado de artículos sensacionalista el Presidente hizo una reflexión final, dijo que esos ataques groseros contra el carácter de las personas crean un sentimiento público mórbido y vicioso, que al mismo tiempo actúa “como un desincentivo profundo para que hombres capaces y de sensibilidad normal ingresen al servicio público bajo cualquier circunstancia.”


Ese presidente era Teddy Roosevelt. El año, 1906. Un siglo antes de las redes sociales y los gobiernos de las “Redes”, ya existía el "Gobierno de las Revistas" —como lo llamó el periodista William Allen White—, prueba de que la difamación y la manipulación mediática son virus sin época.


La reflexión final que hace Roosevelt me recuerda la anécdota sobre Francisco J. Peynado, que siempre cita José Luis Corripio (Pepín) como razón para no adentrarse en política. Según le contó su papá a Pepín, Peynado quien fuera candidato presidencial contra Horacio Vásquez en 1924, aprendió muchas cosas de esa experiencia, puesto que él:

“No había descubierto en su vida hasta ese momento que era un sinvergüenza, un bandido y un delincuente hasta que fue candidato de la República Dominicana, él era un prócer hasta el día ese que ya se convirtió en candidato”.


La democratización de las redes sociales no ha hecho más que amplificar estos fenómenos. Los algoritmos, diseñados para premiar el escándalo, y la adicción a los likes, las visualizaciones y la atención efímera, dan nuevo vuelo a las mismas vilezas de siempre. En tiempos donde la difamación se viraliza en segundos y el buscagoterismo se disfraza de opinión, conviene recordar las palabras proféticas de Roosevelt en 1906, el lamento de Peynado en 1924 y la mordacidad de Bueyón en los 1980s. Puesto que el demoledor sigue ahí, solo que hoy tiene más herramientas… y menos vergüenza.

26 de marzo 2025

¡Danilo no ha reflexionado!

“La gloria política, la más efímera y la más deleznable de todas las glorias humanas…” J. Balaguer


El expresidente atraviesa su infierno. Cinco años sin el poder que antes lo blindaba de las traiciones, sin la cartera abierta para hacer favores, sin la credibilidad en sus declaraciones o la publicidad para que resuenen las mismas. Golpeado y humillado, no estaba preparado para lo que le venía. Es probable que nadie lo esté para ese nivel de embate.


Pero Danilo Medina no es extraño en estas aguas. En el 2006, su determinación por la presidencia lo hizo desafiar al poder de turno y a la dirigencia de su propio partido. Terminó “vencido por el Estado”, enfrentando traición y rechazo. Un tanto aislado. La diferencia es que en 2006 fue víctima, y en 2025 la población aún no lo identifica como tal. Hace 20 años, Danilo tenía mucho espacio para reconstruirse y lo logró desde la concordia y la reflexión. Elementos que no observamos en su más reciente presentación radial.


Encontramos a un expresidente Medina desafiante y marcando territorio. Con visible autoridad animando a sus tropas. Un discurso con carácter y determinación. Nada de qué arrepentirse, seguimos adelante. Una caída no define ni condena un proyecto político.

Su formación, su conocimiento de más de tres décadas en la cima del poder político, brillaron en algunos momentos. Muchos de sus planteamientos necesarios para el debate político nacional.


El asunto es que la ausencia de una figura pública prolongada, en ocasiones, genera una necesidad casi morbosa de verla. Y a Danilo Medina, desde hace mucho, el país quería verlo sentado, hablando y entrevistado. No para conocer su parecer sobre políticas públicas, las cuales, reitero, demuestran su nivel y capacidad. La gente quería escuchar su opinión sobre los temas más polémicos: su familia y las compras, su “Penco” y su derrota, sus errores y su aprendizaje.


Pero el Danilo que apareció no fue el que esperábamos. Porque Danilo no es Donald Trump; no puede pretender atropellar con discursos poco creíbles y ser perdonado en todo. Eso lo podrá bien recibir su militancia, pero no la ciudadanía.


Esa entrevista fue un espacio desperdiciado para mostrar su humanidad. Ideal para reconocer errores, no para cometer más. Fue una sucesión de oportunidades perdidas. He aquí algunos ejemplos:


  1. La candidatura de Gonzalo. Danilo bien pudo admitir que Gonzalo Castillo era su candidato porque marcaba mejor en las encuestas. Pudo cuestionarse sobre la forma en que trabajó su triunfo interno, sobre si los demás precandidatos merecieron mejor trato. Recalcar en ese marco que, aún así, estuvo dispuesto a la propuesta unitaria de Margarita. Todo el mundo lo habría entendido, pero decidió negar lo obvio. Y ahora tenemos al exministro Carlos Amarante Baret explicando las razones por las que fue una burda imposición y cómo junto al secretario general Reinaldo Pared lo denunciaron y renunciaron.
  2. Negar que la llamada de Mike Pompeo llevaba una advertencia. El expresidente pudo admitir que, en lenguaje diplomático, la llamada de Pompeo fue una advertencia y criticar el nivel de injerencia. Pero lo negó, como si el contexto y el sentido común no tuvieran relevancia.
  3. “Yo nunca tuve la intención de reelegirme.” Esta frase, vacía de autocrítica, solo le restó credibilidad. Pudo explicar cómo se generó entonces la supuesta confusión, el intento de reforma, los errores de cálculo, el movimiento de senadores... Pero no lo hizo.
  4. Su hermano y las compras. “No me di cuenta. No lo sabía. Cada vez que mi hermano iba a mi despacho, lo sacaba y le decía que no podía hacer negocios con el Gobierno.”
    Pero Danilo, el hombre que se le reconoce como trabajador y meticuloso, el presidente que dice “estaba al frente de todo”, ¿cómo no supo? ¿Cómo se le escaparon familiares que eran grandes proveedores del Estado? Si de verdad llegó a recriminarlo como dice, era espacio para desligarse, rechazar que ahora que lo supo haya hecho negocios con el Estado, aún si no cree que hubiese operado con dolo. Pudo admitir que ciertas cosas se le escaparon, que no todo estaba bajo su control. Pero no lo hizo. Y esa frase de “Si ellos le vendieron eso, es cosa de ellos” sobre sus funcionarios, suena irresponsable y esquiva desde un presidente.
  5. “Yo no estoy arrepentido de nada de lo que pasó.” Aquí, en esta frase, se condensa toda la tragedia. No hay responsabilidad, no hay autocrítica, no hay aprendizaje. Siempre hay espacio para mejorar, “para corregir lo que está mal”. Pero Danilo perdió su oportunidad de reconocer sombras, sombras que tenemos todos los hombres y que se revelan mejor el poder.

Cierto es que los golpes recibidos, el desánimo, la ingratitud y la partida de tantas personas con las que seguro contaba deben tenerlo a la defensiva estos años. No quisiera estar en su posición.


Pero este Danilo, el “polítiquero”, opaca al Danilo político. Sus declaraciones, tan alejadas de la realidad percibida, devoran los puntos válidos de su discurso, generando rechazo no solo hacia la entrevista, sino hacia el entrevistado.


En el libro Archipiélago Gulag, Alexander Solzhenitsyn reflexiona sobre cómo las personas llegan a su propio “infierno personal.” En lugar de culpar únicamente a sus verdugos, se preguntó cómo él mismo había contribuido, aunque fuera de manera indirecta, a su propia desgracia. Su viaje infernal pasó entonces por confrontar sus debilidades y errores.


Danilo Medina, en su intimidad, necesita tiempo, pausa y reflexión. Porque de los infiernos se sale, y lo útil y provechoso sería salir con un Estado Mayor de Conciencia.


8 marzo 2025